LA PLACA DEL INGENIO (John William Wilkinson)
El menor de ocho hermanos, Pere Fontanals i Cabré se trasladó de Cambrils a Barcelona en 1878, donde, pobre y sin estudios, se vio obligado a aceptar los trabajos más humillantes a fin de reunir el dinero que le permitiera embarcarse para La Habana. Aunque nunca se ha esclarecido el origen del capital que entregó a cambio de convertirse en el dueño de un ingenio de azúcar en Cuba, sí se sabe cómo amasó una fortuna: con el sudor de la frente de los esclavos.
Al regresar a Barcelona en 1896, su estado civil seguía siendo el de soltero. Invirtió en la importación de algodón egipcio y se casó con Rosa Raurich i Pons, la bella hija de un próspero fabricante de pomadas de nula eficacia curativa. Rosa dio a luz dos hijos: Enric y Julia. Al morir su padre en 1915, Enric, que todavía era muy joven, abandonó Derecho en el segundo curso y compró una vieja fábrica textil. Unos lucrativos contractos con el Ejército alemán durante la Gran Guerra le permitieron cuadruplicar la fortuna indiana heredada.
En 1919, Enric contrajo matrimonio con Matilde de Ramos, hija única de un marqués venido a menos. Tuvieron tres hijos: Miguel, Mercedes y Alberto. Pese a que los negocios de Enric hacían agua por todas partes, la familia se mudó en 1929 a una casa en Pedralbes, donde vivieron rodeados de fastuosos lujos y sirvientes mal pagados. Huyeron a Italia en el 36.
El ahora llamado Enrique Fontanals se fue a Burgos y luchó con los nacionales hasta el final de la contienda. Días antes de que su familia regresara a Barcelona, Miguel, el mayor, se ahogó en la costa toscana. Aunque todo daba el efecto de estar imperceptiblemente cambiado en la casa de Pedralbes, poco a poco fueron recuperando las viejas costumbres. Mercedes se casó con un apuesto héroe de guerra, que no era más que un cantamañanas alcoholizado. Alberto, el benjamín, terminó Derecho, pero lo único que le interesaba era correrse juergas. Las discusiones con su padre eran monumentales; la ruinosa venta de la casa por poco provocó la ruptura definitiva entre los dos.
Después de la muerte de Matilde, Enrique sobrevivió a base de malvender las fincas rústicas que quedaban de los Ramos; y Alberto, con ínfulas de marqués y sed de dote, se casó con la rica aunque nada agradecida Mimí López Arquer. Pedrito, el único fruto del matrimonio, nació en 1949.
El abuelo López costeaba los estudios de Pedrito en los Jesuitas hasta que, a principios de los años sesenta, su empresa quebró; de modo que el niño tuvo que terminar el bachillerato en los Escolapios de Balmes. Pedrito, harto de la lastimosa vagancia de su padre, vendió las monedas de oro que le había dejado el abuelo Enrique al morir y se incorporó a una comuna en La Floresta. Luego, reciclado en un hippy que se hacía llamar Pere, pasó largas temporadas en Ibiza y Goa. Regresó a Barcelona al enterarse de la muerte de sus padres. Del imperio de los Fontanals sólo quedaba una caja fuerte, de la que nadie sabía la combinación. La abrió un caco. Únicamente contenía una placa de cobre en la que se leía: Pedro Fontanals-Cienfuegos.
John William Wilkinson
La Vanguardia, 18 de marzo de 2004
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