Tres días y tres noches estuvo don Quijote con Roque, y si estuvieratrecientos años, no le faltara qué mirar y admirar en el modo de su vida:aquí amanecían, acullá comían; unas veces huían, sin saber de quién, yotras esperaban, sin saber a quién. Dormían en pie, interrompiendo elsueño, mudándose de un lugar a otro. Todo era poner espías, escucharcentinelas, soplar las cuerdas de los arcabuces, aunque traían pocos,porque todos se servían de pedreñales. Roque pasaba las noches apartado delos suyos, en partes y lugares donde ellos no pudiesen saber dónde estaba;porque los muchos bandos que el visorrey de Barcelona había echado sobre suvida le traían inquieto y temeroso, y no se osaba fiar de ninguno, temiendoque los mismos suyos, o le habían de matar, o entregar a la justicia: vida,por cierto, miserable y enfadosa.
En fin, por caminos desusados, por atajos y sendas encubiertas, partieronRoque, don Quijote y Sancho con otros seis escuderos a Barcelona. Llegarona su playa la víspera de San Juan en la noche, y, abrazando Roque a donQuijote y a Sancho, a quien dio los diez escudos prometidos, que hastaentonces no se los había dado, los dejó, con mil ofrecimientos que de launa a la otra parte se hicieron.
Volvióse Roque; quedóse don Quijote esperando el día, así, a caballo, comoestaba, y no tardó mucho cuando comenzó a descubrirse por los balcones delOriente la faz de la blanca aurora, alegrando las yerbas y las flores, enlugar de alegrar el oído; aunque al mesmo instante alegraron también eloído el son de muchas chirimías y atabales, ruido de cascabeles, ''¡trapa,trapa, aparta, aparta!'' de corredores, que, al parecer, de la ciudadsalían. Dio lugar la aurora al sol, que, un rostro mayor que el de unarodela, por el más bajo horizonte, poco a poco, se iba levantando.
Tendieron don Quijote y Sancho la vista por todas partes: vieron el mar,hasta entonces dellos no visto; parecióles espaciosísimo y largo, harto másque las lagunas de Ruidera, que en la Mancha habían visto; vieron lasgaleras que estaban en la playa, las cuales, abatiendo las tiendas, sedescubrieron llenas de flámulas y gallardetes, que tremolaban al viento ybesaban y barrían el agua; dentro sonaban clarines, trompetas y chirimías,que cerca y lejos llenaban el aire de suaves y belicosos acentos.Comenzaron a moverse y a hacer modo de escaramuza por las sosegadas aguas,correspondiéndoles casi al mismo modo infinitos caballeros que de la ciudadsobre hermosos caballos y con vistosas libreas salían. Los soldados de lasgaleras disparaban infinita artillería, a quien respondían los que estabanen las murallas y fuertes de la ciudad, y la artillería gruesa conespantoso estruendo rompía los vientos, a quien respondían los cañones decrujía de las galeras. El mar alegre, la tierra jocunda, el aire claro,sólo tal vez turbio del humo de la artillería, parece que iba infundiendo yengendrando gusto súbito en todas las gentes.
No podía imaginar Sancho cómo pudiesen tener tantos pies aquellos bultosque por el mar se movían. En esto, llegaron corriendo, con grita, lililíesy algazara, los de las libreas adonde don Quijote suspenso y atónitoestaba, y uno dellos, que era el avisado de Roque, dijo en alta voz a donQuijote:
-Bien sea venido a nuestra ciudad el espejo, el farol, la estrella y elnorte de toda la caballería andante, donde más largamente se contiene. Biensea venido, digo, el valeroso don Quijote de la Mancha: no el falso, no elficticio, no el apócrifo que en falsas historias estos días nos hanmostrado, sino el verdadero, el legal y el fiel que nos describió CideHamete Benengeli, flor de los historiadores.
No respondió don Quijote palabra, ni los caballeros esperaron a que larespondiese, sino, volviéndose y revolviéndose con los demás que losseguían, comenzaron a hacer un revuelto caracol al derredor de don Quijote;el cual, volviéndose a Sancho, dijo:
-Éstos bien nos han conocido: yo apostaré que han leído nuestra historia yaun la del aragonés recién impresa.
Volvió otra vez el caballero que habló a don Quijote, y díjole:
-Vuesa merced, señor don Quijote, se venga con nosotros, que todos somossus servidores y grandes amigos de Roque Guinart.
A lo que don Quijote respondió:
-Si cortesías engendran cortesías, la vuestra, señor caballero, es hija oparienta muy cercana de las del gran Roque. Llevadme do quisiéredes, que yono tendré otra voluntad que la vuestra, y más si la queréis ocupar envuestro servicio.
Con palabras no menos comedidas que éstas le respondió el caballero, y,encerrándole todos en medio, al son de las chirimías y de los atabales, seencaminaron con él a la ciudad, al entrar de la cual, el malo, que todo lomalo ordena, y los muchachos, que son más malos que el malo, dos dellostraviesos y atrevidos se entraron por toda la gente, y, alzando el uno dela cola del rucio y el otro la de Rocinante, les pusieron y encajaronsendos manojos de aliagas. Sintieron los pobres animales las nuevasespuelas, y, apretando las colas, aumentaron su disgusto, de manera que,dando mil corcovos, dieron con sus dueños en tierra. Don Quijote, corrido yafrentado, acudió a quitar el plumaje de la cola de su matalote, y Sancho,el de su rucio. Quisieran los que guiaban a don Quijote castigar elatrevimiento de los muchachos, y no fue posible, porque se encerraron entremás de otros mil que los seguían.
Volvieron a subir don Quijote y Sancho; con el mismo aplauso y músicallegaron a la casa de su guía, que era grande y principal, en fin, como decaballero rico; donde le dejaremos por agora, porque así lo quiere CideHamete.
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